Pavlova, Anna

«Prepara mi vestido de cisne» -estas fueron, según cuentan, las últimas palabras de esta gran bailarina, dirigidas a su ayudante de cámara, una media hora antes de morir, estando ella en La Haya. Sería esto como un recuerdo imborrable que nos habla algo más acerca de este carácter de entrega que tenía.

 

Pavlova había estado enferma, muy enferma; sin embargo su fe y espíritu de lucha, su entrega al público y su personaje, le impedían claudicar.

Ana Pavlova había representado durante 25 años la muerte del cisne. Lo había hecho sobre los escenarios más afamados del mundo. Ahora, el cisne moría una vez más; pero, esta vez, para siempre. Sería otra bailarina la que ocupase su lugar, pero nunca con la gracia o calidad como lo hiciera Ana Pavlova.

 

La muerte imprevista de esta bella mujer había cortado su carrera de artista antes de que empezara su declive. Se encontraba aún muy lejos de la vejez (tenía 49 años), y se le había privado, con su muerte, de una cadena más larga de triunfos, evitándole así la tristeza del ocaso. Una bailarina que, como cisne, moría en todo su esplendor.

 

Pavlova había brillado sin cesar durante treinta y dos años. Lo había hecho desde el invierno de 1899 en que recibiera su título de bailarina de la Escuela Imperial de Danza de San Peterburgo, en el Teatro Mijailovky. Eran sus primeros pasos, pero ya, desde entonces, se veía próxima su consagración.

 

Se trataba de una danzarina de calidad etérea, de apariencia frágil, aunque robusta y sana; piernas bien modeladas sin la excesiva musculatura que a algunas de ellas da el ejercicio de la danza; tobillos finos; brazos largos, perfectamente delineados, buscando siempre tocar con la punta de sus dedos la inmensidad del otro yo. Una excelsa bailarina que muy pronto cobraría fama en todo el mundo.

La vocación de Pavlova había nacido a partir del día en que su madre la había llevado a ver el ballet de La Bella Durmiente. La niña tenía 8 años y desde entonces no tuvo mas que un anhelo: ingresar a la Escuela de Danza. Ella ya era una bailarina, aunque faltaban ciertos requisitos.

 

Cuando Ana presenta el examen de ingreso tenía apenas diez años y estaba todavía muy enclenque; sin embargo, la aceptaron.

Pavlova estaría por espacio de siete años sometida a un régimen intenso en esta Escuela, donde no solamente resistiría a todos los ejercicios a pesar de su fragilidad, sino que adquiría la salud y el vigor que tanto necesitaba y conservaría hasta el fin.

Sus primeros maestros fueron Oblakov, Ekaterina Vazen, Pavel Guerdt, el sueco Christian Johansen y el francés Marius Petipa.

 

Ana Pavlova había iniciado su carrera escénica en el Teatro Mariinsky (Opera Imperial) representando diversos papeles, sin pasar por lo que se llama «cuerpo de baile». Luego, más tarde, en el transcurso de los años, a Pavlova le tocaría interpretar un papel muy especial: el famoso cisne.


En 1905 Pavlova había sido invitada a participar en una gran función benéfica y pidió a su amigo Michael Fokin que le aconsejara una pieza musical para bailar. Fokin propuso El cisne, de Saint-Saëns. En un momento compuso la danza y en seguida empezaron a ensayar. Así nacería el «solo» del ballet más famoso de todos los tiempos: “La muerte del cisne”.

A raíz del éxito obtenido, las autoridades del Mariinsky no vacilaron en dar a Pavlova el papel principal dentro de aquella obra de El Lago de los Cisnes, ballet en cuatro actos con música de Tchaikovsky. Poco después se le daría el nombramiento de prima ballerina (primera bailarina).

 

Pavlova fue también afortunada en el amor, ya que en ese mismo año, Ana se casaría. Lo haría con el barón Víctor Emilovitch Dandré, quien en lo sucesivo organizaría todas sus giras y, después de su muerte, escribiese el libro que constituye la mejor biografía de Ana Pavlova.

 

Más adelante, inspirada por sus triunfos y por lo que había leído de otros sitios, Pavlova decidió viajar. Su primera gira que hizo fue a Riga, en 1907, con Adolph Bohn como partenaire (como pareja).

Años después sus viajes continuarían y Pavlova llegaría a conquistar el mundo entero.

El éxito que acompañaron a estar giras decidieron a Diaghilev (uno de los máximos dirigentes de grupos de ballet) el llevarla a París, pero no duró mucho con él.

De modo que Pavlova formó su propia compañía. Más tarde, el 28 de febrero de 1910, aparecería por vez primera en el Metropolitan Opera House de Nueva York con el ballet Coppelia, llevando a Michael Mordkin como su partenaire. Su triunfo, ni qué dudar, fue avasallador.

 

En abril de ese mismo año inició una temporada en el Palace Theatre de Londres, que duró hasta agosto. Durante los cinco años siguientes repitió una temporada anual de quince o veinte semanas en ese mismo teatro de la capital inglesa, temiendo una retribución de mil doscientas libras esterlinas como paga.

 

Como era de esperarse, Ana Pavlova conquistó al público londinense desde la primera vez.

A Pavlova le eran indiferentes los convencionalismos. Estaba dispuesta a bailar en cualquier parte donde la gente quisiera verla. «Quiero bailar para el mundo entero» -decía.

Su deseo era prodigar el arte, llevarlo a todos los rincones, de ninguna manera el de encontrar públicos fáciles de contentar; por el contrario, se lamentaba de la falta de exigencia en el público norteamericano, del que una vez dijo: «El público de aquí es tan excesivamente generoso que, aunque me conmueve, no me ayuda. Sé que esta noche no he bailado La muerte del cisne tan bien como de costumbre, pero los aplausos han sido los mismos. Por eso siguió, incesante, su carrera, comenzando y terminando giras por Europa y EEUU sin cesar. En uno de esos viajes, un fuerte catarro derivó en una pleuresía pulmonar que le invadió todo el pulmón derecho.

 

La noche del 23 de enero, Ana se sumió en la inconsciencia; pero, al filo de la media noche, abrió los ojos, llamó a su camarera, quien se le acercó de inmediato inclinándose sobre ella. Entonces Pavlova le dijo: «Prepara mi vestido de cisne». Fueron estas sus últimas palabras. Media hora después, Ana Pavlova había muerto.

 

Dos días después de su muerte se celebró en Londres una función de ballet. Después del primer número, el maestro se volvió al público y anunció: «Y ahora la orquesta interpretará “La muerte del cisne” en memoria de Ana Pavlova». Se levantó  el telón y apareció en el escenario oscuro y vacío un solo reflector. Nadie estaba ahí, pero todos recordaban a esta gran bailarina rusa que había sido Ana Pavlova.

 

Add comment 15 Mayo, 2008


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